lunes, 31 de octubre de 2011

EPÍTOME de Espacio y conmemoración.



Siguiendo los fundamentos ideológicos que, en el tránsito del siglo XX al XXI, organizan el espacio [‘el espacio de la memoria’ según A. F. Alba] venimos utilizando textos que han oscilado entre la arquitectura y la filosofía y por momentos han intentado fundirlas. Pero filosofía y arquitectura no parecen desde luego fácilmente conciliables.
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 Lo que sí se ha dejado traslucir en el desarrollo de pasadas especulaciones es la relación y dependencia entre la arquitectura y el lenguaje. El hombre, ser viviente racional (logos) y social (polis), propicia el lugar en que la ciudad [la arquitectura, en suma] y el lenguaje se encuentran.

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La legitimidad de la arquitectura se ha apoyado siempre en el lenguaje. Por ello Mielgo Bregazzi define acertadamente la Arquitectura como: ‘toda construcción que merezca ser registrada en un texto para preservar su memoria’.
 Arquitectura, entonces, como construcción emérita.

 
 Hablando de méritos, en textos arquitectónicos suele ser usual que nos encontremos con expresiones como: “La buena arquitectura siempre es respetuosa con el patrimonio” o (más modernamente) “La buena arquitectura siempre ha sido sostenible y ecológica”. Como si se tratase de adjetivaciones consustanciales. Y en todo caso alguien nos dirá: “La buena arquitectura es la buena arquitectura”.
Sabemos, con Barthes, que una ‘tautología’ es un procedimiento verbal que consiste en definir lo mismo por lo mismo. 
Y que, dice Fullaondo en su Composición de lugar: ‘La tautología conlleva un doble asesinato: se mata lo racional porque nos resiste, se mata al lenguaje porque nos traiciona’.
La cuestión consistirá, pues, en establecer en estos momentos convulsos qué es la buena arquitectura. ‘La buena arquitectura de un determinado periodo siempre va bien con la de cualquier periodo anterior. Lo que no pega con nada es la falta de arquitectura’ decía Lucio Costa en relación con los proyectos de su colega Oscar Niemeyer.
Después de tener ciertos años de profesión, se podría entonces remedar a Agustín de Hipona y su definición del tiempo en relación con esa buena arquitectura: ‘Si nadie me lo pregunta, lo sé. Pero si quiero explicarlo a quien me lo pregunta, no lo sé’.
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 Pero, en cualquier caso, nos parece que todo lo reseñado no debería como colofón olvidar lo que dejó escrito como analogía L. Wittgenstein, en el llamado Big Typescript:
 ‘el trabajo en filosofía es justamente –como muchas veces el trabajo en arquitectura- más un trabajo sobre uno mismo.’

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