lunes, 28 de noviembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (Ia)


 La memoria de los cimientos

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La percepción del espacio patrimonial, que ha formado parte de la memoria colectiva, condiciona los planteamientos de intervención en el mismo. Y a su vez, igual que el Zeitgeist [el espíritu del tiempo] de una época determina el cambio de paradigmas de una disciplina, las concepciones filosóficas de cada periodo histórico han modificado dicha percepción del espacio y por tanto las políticas de intervención en él.
He aquí la tesis: Solamente los enamorados de la ciudad deberían intervenir sobre ella. Y para estar enamorado tienes que saber ver y entender.
Las ciudades, según Italo Calvino, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas casi absurdas, sus perspectivas engañosas y toda cosa esconda otra. Por mucho que uno quiera a una ciudad, decía Saramago en una entrevista, a veces por motivos oscuros, por una sombra, una calle, una fuente, esa pequeña ciudad dentro de la ciudad, llega un momento en que los cambios son tan repentinos y bruscos que no te dejan tiempo para acostumbrarte.
 Antes cambiaba como un organismo vivo, con un crecimiento lento, casi imperceptible. Ahora cada ciudad se va pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian forma, orden, distancias, un polvillo informe invade los continentes. En muchos casos tendríamos que balbucir parafraseando a Thomas Bernhard: ‘Estoy en la cima de la montaña y miro a la ciudad infame, azotada por la lluvia...’.

 

La ciudad histórica, antigua y moderna, se ha querido prefigurar, utilizando una imagen recurrente, como una colección de fragmentos de diferente historicidad e identidad, un palimpsesto (ese manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente o ese yacimiento arqueológico que presenta mezcla de estratos, impidiendo saber cuál es el superior y cual el inferior).
En ese sentido, escribe Fernández Alba que la ciudad es como un archipiélago de recintos imaginarios... que nos ofrece los sedimentos de otras ciudades que antes existieron. 

O puede verse, [pace Jünger], como una colonia de arrecifes de coral que crece sobre lo existente. El devenir de las mareas permitiría apreciar, el número de estratos, de colores cambiantes y arquitectónicamente variados, de los que la naturaleza se sirve para construir la barrera coralina, amasando esqueletos de antozoos madreporarios.
Cita Bonet Correa: ‘Cada época nos refleja la ciudad que ha vivido o soñado’. Como si en la ciudad algunos quisieran descubrir sus pentimentos [o alteraciones en un cuadro que manifiestan el cambio de idea del artista sobre aquello que estaba pintando].
Podríamos incluso nosotros, plantear la ciudad como un palíndromo (esa palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda), su lectura debe ser la misma desde el presente al pasado que desde el pasado al presente.
Esta última lectura sería la propiciada por la memoria, la memoria de los cimientos.

Es importante desde el principio diferenciar entre espacio urbano y espacio social: aunque desde luego el espacio social posee una dimensión urbanística. Precisamente nuestra época está experimentando, independientemente de los cambios urbanístico-arquitectónicos, transformaciones radicales del espacio/tiempo social, señala Castro Nogueira en La risa del espacio. E insiste en la imposibilidad de separar ambas dimensiones. Es como si los espacios [imágenes dialécticas según W. Benjamin] segregasen su propia temporalidad ensimismada. No olvidemos que los lugares son sitios donde suceden las cosas. Y el lugar, también, es un intervalo que hay que recorrer.
La ciudad se mantiene, conservando sus edificios pero también la memoria de sus texturas, de sus sensaciones, de sus sugerencias, de sus imágenes... y cualquier pérdida en este sentido tiene que ser tenida como muy grave.
Hasta una pequeña ciudad, o un paisaje, poseen sus murmullos temporales más o menos irreductibles. Lo mismo que sucede con nuestras imágenes de la memoria, sólo recordamos su envoltorio espacio-visual sin las tramas valorativas y afectivas; ocurre cuando contemplamos un monumento de la antigüedad o nos desplazamos por una vieja ciudad.

Reconocemos, escribe Castro Nogueira, ese espacio por sus características formales como propio de otra época, sin embargo, todo ello se nos presenta como algo irremediablemente ajeno; como una suerte de decorado teatral: el casco antiguo de muchas ciudades patrimoniales puede ser una perfecta ilustración.
Podemos entender algo de la racionalidad imaginaria de ese espacio, poniéndola en relación con los movimientos sociales, económicos, políticos y artísticos de la época. Sin embargo, jamás podremos sentir, nos dice Castro, esa apertura/clausura (la A-létheia ‘heideggeriana’), que él denomina curvatura, del espacio de aquella época tal y como, virtualmente, la experimentaban sus habitantes o usuarios.
[El término ‘curvatura’ hace referencia a la materialidad construida y conceptual del espacio producido por una sociedad determinada, indica además una modalidad singular de transcurrir el tiempo ligada a ese espacio y remite a la experiencia personal y colectiva en el seno de una cultura (Castro)].
Podemos percibir entonces esos espacios remotos sólo de manera muy relativa; recorriendo aquellos lugares intentando sentir algunas de sus virtuales resonancias afectivas; tratando de visualizarlos con aquellos mismos ojos y pensándolos con aquellos hábitos perceptivos de sus habitantes; tratando de revivir el tiempo ligado a aquellos espacios sin imponer el nuestro.
Así lo hemos tenido que ir haciendo en nuestro quehacer y comprobamos con A. F. Alba que ‘los lugares de la ciudad se han transformado en geografías de la ausencia’.

 

Pero la arquitectura no puede dejar de ser geografía: el gesto arquitectónico primigenio es el marcar la tierra, un surco (templum) para instituir un mundo; una delimitación de la tierra (Gea) como cimiento del mundo. Nos lo recordaba Ferrán Lobo en Pensar, construir, habitar. La arquitectura  que es una construcción utilitaria (geometría) y su valor simbólico es algo añadido, acaba resultando la memoria esencial del habitar humano.
Por ello la arquitectura, como memoria que es, y esto es muy patente en el pensamiento de Louis Kahn, hace presente lo que ha existido a través de lo que ya no existe. Cada edificio presenta en su construcción (acto y resultado del acto) la memoria petrificada del artificio que se está construyendo. El espacio construido es así el tiempo condensado, según Paul Ricoeur. Y cada arquitecto se determina en su relación con una tradición establecida. 
El contexto construido guarda en su interior la huella de todas las historias del habitar de antaño. Lo efímero no está entonces en la naturaleza, a la que la arquitectura superpone su durabilidad y solidez; está también en la violencia de la historia que amenaza desde el proyecto de arquitectura cargado con todas sus ruinas. ‘¿Acaso la ciudad no fue siempre un lugar de ruinas?’ -nos pregunta Fernández Alba. Contemplar la belleza de la ruina encierra siempre una mirada amarga, pues reproducimos en la memoria el entorno del lugar perdido.

*

(sigue)


2 comentarios:

  1. Excelente de nuevo. Gracias por ofrecerlo. Le cito: "He aquí la tesis: Solamente los enamorados de la ciudad deberían intervenir sobre ella. Y para estar enamorado tienes que saber ver y entender."

    Creo firmemente en esas palabras, y como usted, soy decidido partidario del despotismo ilustrado. Ante el PH digamos las palabras divinas: Noli me tangere.

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  2. Crítico, atento, que seguiré pasando a limpio estas reflexiones y necesito su juicio.

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