viernes, 2 de diciembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (IIa)


Los cimientos de la memoria


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La transformación de la concepción de la práctica arquitectónica, escribió Ferrán Lobo, se pone de manifiesto en la ‘mítica del origen’. Ya que se suele caracterizar la situación de las artes en nuestra época como la de una crisis de fundamentos.
Sabemos que los cimientos, la cimentación, tienen otro significado según el D.R.A.E.: el de fundaciones o, mejor, fundamentos, y es así como se utiliza por los técnicos constructores en Hispanoamérica. De ahí que para comprender la importancia actual del pasado y de la memoria, nos preguntemos por sus ‘fundamentos’: los cimientos de nuestra memoria.
Habíamos constatado con Odo Marquard que ese mundo moderno del progreso casi ilimitado, en el que hay que hacer sitio a lo nuevo desechando las cosas pasadas de moda, justificar el empleo de la tecnología moderna y convertir lo tradicional en mercancía, es cada vez más, paradójicamente, el mundo de la conservación y del recuerdo. Como compensación de la innovación se desarrollan en nuestra época fuerzas protectoras del pasado y aparece una cultura del recuerdo. Como escribe Marquard: ‘la manera más efectiva de olvidar, es olvidar mediante el recuerdo’. En consecuencia, cuanto más moderno es el mundo moderno, es decir más postmoderno, más imprescindible resulta, como compensación, la cultura del recuerdo. Señalando Jameson que los dos rasgos del posmodernismo son: la transformación de la realidad en imágenes y la fragmentación del tiempo en una serie de presentes perpetuos.
Pero esta filosofía de la compensación no explica en profundidad el giro hermenéutico que respecto al pasado se ha desarrollado en civilización occidental. Sobre todo porque sabemos a partir de Halbwachs que el pasado es una reconstrucción social no inmutable sino moldeada por las experiencias del presente.
Relacionamos hoy una nueva manera de ver la ciudad como un conjunto de escenarios, con una nueva forma dinámica de entender el patrimonio. Y detrás de todo, según Fernández de Rota, está una de las peculiaridades de la época contemporánea: la conciencia obsesionante de la historia. Y cita a Huyssen: ‘La memoria es una obsesión cultural de proporciones monumentales’. La obsesión por la memoria no es una epidemia masiva de nostalgia sino una auténtica crisis de los fundamentos de la modernidad.
En realidad la capacidad humana de disponer técnicamente de la naturaleza se ha intensificado en la sociedad de consumo, la renovación continua está exigida para asegurar la pura y simple supervivencia del sistema, y el ideal de progreso es algo vacío. Por otro lado, como nos indica Toni Negri en Arte y multitudo, el mercado destruye la creatividad. El mercado, su poder, ha absorbido toda potencia para evacuar la posibilidad de que lo que devengue singularidad tenga valor para alguien o algo. No sólo se destruye la imagen, sino la imaginación. Y como si se refiriese a nuestros objetivos, dice: ‘ya no hay memoria; se ha vuelto imposible para la evacuación del deseo, de la racionalidad, de todo proyecto de singularidad. La traición, así como la falsificación, se convierten en moral allí donde se da la ausencia de memoria’.
Pero esta justificación reduccionista atribuiría predominantemente al mercado la promoción de esa sensibilidad historicista pretérita. No es suficiente entender el patrimonio como producto transformado en mercancía en los actuales procesos de consumo y mercantilización.
En efecto, una explicación más cimentada, [vide J. Hernández Ramírez en Ciudad e historia], argüiría que los nuevos usos de la memoria y la vindicación del pasado, derivados de la angustia existencialista tras la desconfianza en la ciencia y la tecnología, son indicadores de la crisis de los valores de la modernidad. La valorización entonces del patrimonio cultural es un sentimiento de extravío de los vínculos sociales, la comunidad pierde su papel como lugar de socialización, y la experiencia espacio-temporal se resquebraja. Lo que aumenta hoy el apego al pasado son las dinámicas homogeneizadoras que impone la globalización; como reacción surge la recreación de nuevas referencias, rescatando memorias y patrimonializando culturas.
Pensadores como Benjamin y como Heidegger, desde ideologías encontradas, fueron no obstante precursores de la fundamentación de esta valorización.
Así, tras la terrible experiencia de la segunda guerra mundial, el europeo asolado y cautivo expía en la angustia, en palabras de Heidegger de 1962: ‘la huida de los dioses y con ella la desolación de la morada de los seres humanos, el vacío de sus obras y la vanidad de sus actos’.
‘Si la brutalidad del mundo moderno -el poder de la técnica actual, que todo lo penetra, y de la ciencia y sociedad industrial, subordinadas a ella- no mantuviera una relación enigmática con la retirada de los dioses, nosotros, que en el peligro de la autodestrucción del ser humano buscamos algo que nos salve, no necesitaríamos la memoria’, continua Heidegger en su librito Estancias.
La voluntad artística de hoy presenta algo sin consistencia, que expuesto a las manipulaciones de la era industrial, resulta incapaz de mostrar lo propio. ‘Sólo podemos buscar lo que, aunque veladamente, ya conocemos’. Insiste en la búsqueda del pasado a través de la memoria, realizando una mirada retrospectiva y un esfuerzo por la recuperación del inicio, un Heidegger que había pensado antes del nazismo, que nuestro tiempo está fuera de lugar y que el pasado es el peso intempestivo del olvido.
Por ello en un mundo que aparece cada vez más conflictivo, el pasado puede manifestar su identidad propia a los seres humanos de una época cuyo universo está penetrado por doquier por lo artificioso de los dispositivos.
 La falta de fe en un progreso que conduce a la aniquilación, angustia la existencia de un ser sin futuro, que busca en su pasado, en su origen, al que accede fomentando la memoria, un fundamento en que basar su devenir.
Por ello, continúa Heidegger: ‘quien en el estado actual del mundo busca el lugar determinante, aunque todavía oculto, sabe que todo lo más nuevo de lo nuevo se desmorona si no se retrotrae a su antigüedad originaria…’.
Y sentencia: ‘quien no tenga presente la violencia del mundo técnico moderno, puede diluirse en el encanto que proporciona histórico-estéticamente la ciudad’.
Advirtiendo Heidegger acerca de la decadencia [ya entonces], que caracteriza a la parte antigua de las ciudades, ‘todo envejecido, pero no viejo; pasado, pero no algo sido’ no obstante con el peligro, dice premonitoriamente, de ‘…convertirse en un simple objeto de la disciplina histórica, en imágenes estimulantes de escritores sin ideas, en escenario de experiencias y congresos internacionales, en objeto de rapiña de la industria del turismo’.
Y también, acerca de la contemplación de las ruinas, les atribuye la representación más sencilla, y esencial, del silencio como espacialidad de un espacio existencial. Cita ‘Pan y vino’ de Hölderlin: ‘¿Por qué callan también ellos, los viejos teatros sagrados?’ 


GRASSI y PORTACELI. Restauración del Teatro Romano de Sagunto.

Y escribe: ‘los fundamentos de los templos, los poderosos tambores de las columnas que aún desplomados mantenían su erguida, sustentante, prominencia: todo ello ahuyentaba la apariencia de lo colosal simplemente macizo’.
Preguntándose si no sería esto una advertencia de que, si es verdad que la investigación arqueológica sigue siendo necesaria y meritoria, sin embargo no alcanza ella sola aquello que sucedió en medio de lo construido en otro tiempo.

Dibujo de E. G. ASPLUND. (Viaje por Italia).

En parte, como escribe Baudrillard respecto a la excavación arqueológica, por tendencia a que ‘…el yacimiento se clausure como si fuera una mina agotada. La ciencia pierde con ello un capital precioso, pero el objeto queda a salvo, perdido para ella, pero intacto en su ‘virginidad’. No se trata de un sacrificio, sino de un sacrificio simulado de su objeto a fin de preservar su principio de realidad’.

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(sigue)


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