lunes, 16 de julio de 2012

¿Qué es ser contemporáneo? (y IV)

IV
 
Nuestra relación especial con el pasado tiene otro aspecto. La contemporaneidad se inscribe en el presente señalándolo sobre todo como arcaico y sólo quien percibe en lo más moderno y reciente los indicios y las signaturas de lo arcaico puede ser su contemporáneo. Arcaico significa próximo al origen. Pero el origen no está situado sólo en un pasado cronológico, es contemporáneo al devenir histórico. La distancia y a la vez la cercanía que definen a la contemporaneidad tienen su fundamento en esa proximidad con el origen, que en ningún punto late con tanta fuerza como en el presente.
Los historiadores del arte saben que entre lo arcaico y lo moderno hay una cita secreta, y no tanto en razón de que las formas más arcaicas parecen ejercer en el presente una fascinación particular, sino porque la clave de lo moderno está oculta en lo inmemorial y lo prehistórico. Así, el mundo antiguo en su final se vuelve, para reencontrarse, hacia los orígenes, la vanguardia, que se extravió en el tiempo, sigue a lo primitivo y lo arcaico. En ese sentido, justamente, se puede decir que la vía de acceso al presente tiene necesariamente la forma de una arqueología. Que no retrocede sin embargo a un pasado remoto, sino a lo que en el presente no podemos en ningún caso vivir y, al permanecer no vivido, es incesantemente reabsorbido hacia el origen, sin poder nunca alcanzarlo. Porque lo que impide el acceso al presente es justamente lo que, por alguna razón, no logramos vivir en él. 


Quienes han tratado de pensar la contemporaneidad pudieron hacerlo sólo a costa de escindirla en más tiempos, en introducir en el tiempo una heterogeneidad esencial que divide el tiempo, que inscribe en él una cesura y una discontinuidad y, sin embargo, justamente a través de esa cesura, esa interpolación del presente en la homogeneidad inerte del tiempo lineal, el contemporáneo instala una relación especial entre los tiempos. Si bien el contemporáneo es quien quebró las vértebras de su tiempo y hace de esa fractura el lugar de cita y de encuentro entre los tiempos y las generaciones.
Por esto, el contemporáneo no es sólo quien, percibiendo la sombra del presente, aprehende su luz invendible; es también quien, dividiendo e interpolando el tiempo, está en condiciones de transformarlo y ponerlo en relación con los otros tiempos, leer en él de manera inédita la historia, ‘citarla’ según una necesidad que no proviene en absoluto de su arbitrio, sino de una exigencia a la que él no puede dejar de responder.

Foucault ya escribió que sus indagaciones históricas sobre el pasado son sólo la sombra proyectada por su interrogación teórica del presente y Walter Benjamin nos dejo dicho que el signo histórico contenido en las imágenes del pasado muestra que éstas alcanzarán la legibilidad sólo en un determinado momento de su historia. 


Es como si esa luz invisible que es la oscuridad del presente, proyectase su sombra sobre el pasado y éste, tocado por su haz de sombra, adquiriese la capacidad de responder a las tinieblas del ahora. 

jueves, 12 de julio de 2012

¿Qué es ser contemporáneo? (III)

III

 

Otra visión.
Las estrellas, en el firmamento que miramos de noche, resplandecen rodeadas de una espesa tiniebla, una sombra que vemos en el cielo. La astrofísica actual da una explicación para esa sombra. En el universo en expansión las galaxias más remotas se alejan de nosotros a una velocidad tan grande que su luz no puede llegarnos. Lo que percibimos como la sombra del cielo es esa luz que viaja velocísima hacia nosotros y no obstante no puede alcanzarnos, porque las galaxias de las que proviene se alejan a una velocidad superior a la velocidad de la luz. Percibir en la oscuridad del presente esa luz que trata de alcanzarnos y no puede, eso significa ser contemporáneos. Ser contemporáneos, pues, es ante todo una cuestión de coraje, ser capaces no sólo de mantener la mirada fija en la sombra de la época, sino también percibir en esa sombra una luz que, dirigida hacia nosotros, se aleja infinitamente de nosotros. Contemporáneo: llegar puntuales a una cita a la que sólo es posible fallar.
Nuestro tiempo presente es lo más distante, no puede alcanzarnos de ninguna manera. Por eso el presente que la contemporaneidad percibe tiene las vértebras rotas, la columna quebrada y nos hallamos exactamente en el punto de la fractura. Por eso somos, a pesar de todo, sus contemporáneos.
La cita que está en cuestión en la contemporaneidad es algo que, en el tiempo cronológico, urge en su interior y lo transforma. Esa urgencia es lo intempestivo, el anacronismo que nos permite aprehender nuestro tiempo y reconocer en la tiniebla del presente la luz que, aunque sin poder alcanzarnos nunca, está permanentemente en viaje hacia nosotros.
  
  
[continuará]

domingo, 8 de julio de 2012

¿Qué es ser contemporáneo? (II)

II 
 
 
Una segunda aproximación a partir de Osip Mandelstam.
En 1923 escribe el poema ‘El siglo’ (la palabra rusa vek significa también época). Contiene no una reflexión sobre el siglo, sino sobre la relación entre el poeta y su tiempo, es decir, sobre la contemporaneidad. No el ‘siglo’ sino, según el primer verso, ‘mi siglo’ (vek moi):
Mi siglo, mi bestia, ¿hay alguien que pueda
escudriñar en tus ojos
y soldar con su sangre
las vértebras de dos siglos?
El poeta, que acabó pagando su contemporaneidad con la vida, es quien debe mantener fija la mirada en los ojos de su siglo y ensamblar con su sangre la espalda quebrada del tiempo. El poeta contemporáneo debe tener fija la mirada en su tiempo. ¿Pero qué ve quien ve su tiempo, la sonrisa demente de su siglo?
Aquí se propondría otra definición complementaria de la contemporaneidad: contemporáneo es aquel que mantiene la mirada fija en su tiempo, para percibir no sus luces, sino sus sombras. Todos los tiempos son, para quien experimenta su contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es quien sabe ver esa sombra, quien está en condiciones de escribir humedeciendo la pluma en la tiniebla del presente. Mas ¿qué significa ‘percibir la sombra’?
Cuando nos encontramos en un ambiente sin luz, o cuando cerramos los ojos ¿qué es la sombra que vemos en ese momento? Los neurofisiólogos de la visión nos dicen que la ausencia de luz desinhibe una serie de células periféricas de la retina que entran en actividad y producen esa especie particular de visión que llamamos sombra. La sombra no es, por consiguiente la simple ausencia de luz, algo como una no visión, sino el resultado de una tarea ocular de nuestra retina.
Esto significa, en nuestro caso, que percibir esa tiniebla implica una habilidad particular que equivale a neutralizar las luces que provienen de la época para descubrir su sombra especial no separable de esas.
Puede llamarse contemporáneo solamente al que no se deja cegar por las luces del siglo y es capaz de distinguir en éstas la parte de la sombra, su íntima oscuridad.
Pero ¿acaso la sombra no es una experiencia anónima y por definición impenetrable, algo que no está dirigido a nosotros y no puede, por lo tanto, incumbirnos? Al contrario, contemporáneo es aquel que percibe la sombra de su tiempo como algo que le incumbe y no cesa de interpelarlo, algo que, más que cualquier luz, se refiere directa y singularmente a él. Quien recibe en pleno rostro el haz de tiniebla que proviene de su tiempo. 



[continuará]

miércoles, 4 de julio de 2012

¿Qué es ser contemporáneo? (I)

          Una seguidora de este blog, ‘erasmus’ en Venecia, me referencia el texto “¿Qué es ser contemporáneo?” 
que guió el seminario de filosofía que Giorgio Agamben dictó en el IUAV.  
[Resumen de lo publicado en 2008 en Impreso Laberinto y otras web's]

I  
La pregunta, plantea Agamben, es: ¿De quiénes y de qué somos contemporáneos?
Y, sobre todo, ¿qué significa ser contemporáneos?
De Nietzsche, dice, a través de Barthes nos viene una indicación inicial, provisoria, para orientar la búsqueda de una respuesta. Lo contemporáneo es lo intempestivo”, resume el francés.
Al comienzo del último cuarto del siglo XIX, Friedrich Nietzsche, un joven filólogo que había trabajado hasta entonces en textos griegos y que acababa de alcanzar una celebridad imprevista, publica las Consideraciones Intempestivas’, con las cuales quiere ajustar cuentas con su tiempo, tomar posición respecto del presente.
En ellas se lee: "Intempestiva esta consideración lo es porque intenta entender como un mal, un inconveniente y un defecto algo de lo cual la época justamente se siente orgullosa, o sea, su cultura histórica, porque pienso que todos somos devorados por la fiebre de la historia y deberíamos, al menos, darnos cuenta".
Nietzsche sitúa, por tanto, su pretensión de ‘actualidad’, su ‘contemporaneidad’ respecto del presente, en una desconexión y en un desfase.
Pertenece realmente a su tiempo aquel que no coincide perfectamente con él ni se adecua a sus pretensiones y es por ende, en ese sentido, inactual; pero es  ese el verdaderamente contemporáneo precisamente porque a partir de ese alejamiento y ese anacronismo, es más capaz que los otros de percibir y aprehender su tiempo.
Esta no-coincidencia no significa, naturalmente, que sea contemporáneo quien vive en otra era, un nostálgico que se siente más cómodo en el pasado que en el tiempo que le tocó vivir. Un hombre inteligente puede odiar su tiempo, pero sabe que pertenece irrevocablemente a él, sabe que no puede huir de su tiempo.
La contemporaneidad es, pues, para Agamben, una relación singular con el propio tiempo, que adhiere a éste y, a la vez, toma su distancia. Los que coinciden de una manera excesivamente absoluta con la época, que concuerdan perfectamente con ella, no son contemporáneos porque, justamente por esa razón, no consiguen verla, no pueden mantener su mirada fija en ella. 
  
[continuará]

sábado, 23 de junio de 2012

¿Qué significa ser contemporáneo?


Decía alguno, C. A. Molina, que todo pintor podría ser contemporáneo al ser revisitada (y entendida) su obra por un espectador en un determinado momento, por ejemplo el actual, lo que no haría más que traerlo al tiempo vigente y reinante. Él decía exactamente en 'Donde la eternidad envejece' [Destino. Barcelona, 2012] que, en el fondo, todo arte es contemporáneo porque no depende de quien lo crea sino de quién lo contempla.

Tras la recién muerte de Tàpies, en una exposición en su Fundación ahora nos muestran al último, más escatológico (no en el sentido del pleonasmo, precisamente). Así, la comisaria señora Rassel, pretende que el pintor no sólo fuese moderno sino que sea contemporáneo.
Pero como hemos leído en Gomá, cada vez es más difícil ser contemporáneos de nuestro presente.

No se trataría, por tanto, de compartir fechas de nacimiento, sino una manera de abordar el mundo, de responder al escándalo de la existencia. Pese a compartir un mismo calendario, debemos admitir que no todos somos contemporáneos de la misma temporalidad histórica. Hay que constatar además, que se nos propone otro enfrentamiento sin fronteras. El que se da entre la opción del regreso a un pasado idealizado y la opción del progreso. La primera considera el mundo en términos de traición, rebelión, de blasfemia. La de futuro, al contrario, convencida de la superioridad del presente sobre el pasado, considera a este, miserable, bárbaro.
El cielo del siglo pasado ostenta un sinnúmero de estrellas apagadas, o tal vez habría que compararlo con un museo de los errores.
Contemporaneidad significaría, entonces, haber participado en un aprendizaje negativo, haber compartido los mismos desengaños. Poseer esa riqueza de desilusiones, ese desencanto tónico, ese escepticismo, permite el desplazamiento hacia derroteros más abiertos. Así nosotros, demasiado jóvenes en el mayo del 68 y demasiado mayores en la movida de los 80.

Tal vez lo que compartamos y nos haga contemporáneos a cierta categoría de solitarios, es tener en común un mismo currículo de decepciones.


© TipoMaterial

jueves, 23 de febrero de 2012

Blues for Luis

Luis Moreno Mansilla ha muerto.

En la dedicatoria a su abuelo en su tesis publicada [‘Apuntes de viaje al interior del tiempo’. Ed. Fundación Caja de Arquitectos. Barcelona 2002],
Luis escribió:
“Murió como a todos nos gustaría morir, de improviso, mientras dormía”.

Se me ha hecho un nudo en la garganta.

Ya he escrito un
pequeño réquiem por él: 'Que la materia te sea leve, Luis'.

‘Un tipo excepcional’ – me evoca Emilio.
No puedo seguir ahora.


(…) 

El mirar deforma la materia.
De aquel viaje interior de hace un decenio, basado en un acercamiento de miradas con el pasado, que él define como “el encuentro de algo que andamos buscando, sin saber qué es con exactitud”, quizás una presunta instalación del hombre en la Cultura, extraigo una idea que ya me ha seducido más veces: “la Arquitectura no es sino la vida que se finge Naturaleza”.

Su epílogo, oportuno hoy, termina: “toda tristeza no es sino una parte de la felicidad de otro tiempo”.


En 2010, en Ediciones Asimétricas publicaron, al alimón, ‘Conversaciones de viaje’. Un bolsillo de tiempo donde se recogen reflexiones al socaire de sus desplazamientos profesionales. Por ejemplo a Vigo para plantear su boîte à miracle a la fundación Barrié coincidiendo con los tentáculos del chapapote y escriben realistas y lúcidos: “Los arquitectos poco pueden hacer contra el sufrimiento colectivo…”

Otro viaje conversado que finaliza con una foto de Luis sonriendo.

domingo, 12 de febrero de 2012

Pequeños anuncios

"Cerrado por reformas"

Debido a más implantes (e implementaciones) de titanio 
que en la fachada del Guggenheim, 
este Blog y sus aledaños de Twitter y Facebook 
se mantendrán asilados por tiempo no especificado.

Por favor, permanezcan a la escucha.


[Les dejamos, gracias a Roxana, con la voz de un hada madrina a la que pedimos que nos abandone en este trance:
Wislawa Szymborska.

Se buscan personas
para llorar
por los ancianos que en los asilos
mueren. Sírvanse
presentarse sin referencias
ni solicitudes por escrito.
Los papeles serán destruidos sin acuse de recibo.
Cualquiera que conozca el paradero
de la compasión (fantasía del alma)
-¡que avise! ¡que avise!
Que lo cante a voz en grito
y baile como si perdiera la razón
jubiloso bajo el frágil sauce       
eternamente a punto de echarse a llorar.
Enseño a callar
en un idioma cualquiera
por el método de contemplar
el cielo estrellado,
las quijadas del sinantropus,
el salto del saltamontes,
las uñas del recién nacido,
el plancton,
el copo de nieve.
Devuelvo al amor.
¡Atención! ¡Ganga!
En la hierba de antaño,
bañados al sol hasta el cuello
mientras baila el viento
(maestro bailarín de
vuestros cabellos).
Ofertas a "sueño".

Pequeños anuncios
(Traducción:  Elzbieta Bortkie­wicz)]

miércoles, 8 de febrero de 2012

La práctica del arte


Del estante más alto y peor accesible de mi biblioteca rescato el primer libro de Antoni Tàpies que recoge diversos textos del pintor. Se trata de la edición castellana de La pràctica de l’art. Ed. Ariel, 1970. Esplugues de Llobregat (Barcelona), traducido por Joaquim Sempere y con fina portada de Alberto Corazón.


El libro, de bolsillo [¡me costó entonces 50 pesetas!], se me deshoja en las manos al ojearlo de nuevo después de 40 años sin volver a abrirlo [¡y MRRivero ('famoso en el mundo entero') se sigue quejando en Babelia de la encuadernación editorial hoy!]. No se reseña la imprenta gráfica responsable, que desde luego no sería Montaner y Simón en el Carrer d’Aragó, cuya sede aún no era la de la Fundación Tàpies [de la que enfrente existía, por lo menos hasta 1992, una famosa pastelería donde me deleitaba con sus delicias de chocolate cuando podía, esporádicamente, permitirme un lujo].


Como preveía, igual que todos los volúmenes que poseo, tiene varios, no muchos, subrayados. Sírvanme algunos de ellos para plantear un pequeño obituario a este artista que pintó mucho, quizás demasiado.
Unas primeras palabras suyas gozan ahora de un significado especial, que cada uno entienda como quiera:
“Si pinto como pinto es, en primer lugar, porque soy catalán.” I-rre-fu-ta-ble.
A su eterno informalismo  [galicismo (debido a Tapié) que en lugar de utilizar el prefijo latino culto in- con sentido privativo (como el griego a-) y significar, pretenciosamente, no-formalista (oxímoron, sí), ha tenido que acabar , usando la otra acepción, significando en su devenir más propiamente intrínseco, interno, al formalismo, dentro del formalismo] podemos aplicarle dos ungüentos de su propia medicina. Uno:
“Donde no haya verdadero impacto no hay arte. Cuando la forma artística no es capaz de producir el desconcierto en el ánimo del espectador y no le obliga a cambiar de manera de pensar, no es actual.”
Y otro, de mayor eficacia curativa:
“Una vez saturado el gusto de una época por un estilo determinado; una vez gastados, por decirlo así, los mecanismos para emocionar; una vez descubierta su trampa, se le hace imprescindible al artista hallar otras formulas que hagan ‘eficaz’ su obra.”

Amén.


domingo, 5 de febrero de 2012

El argonauta de las sensaciones verdaderas

Así denominó Jaime Siles a Alberto Caeiro (el único heterónimo de F. P. que no escribió en prosa), en su reseña en ABC de su libro publicado por Abada.

 José de Almada Negreiros - Alberto Caeiro 
(detalle de la fachada de la Facultad de Letras de Lisboa)

No recogeremos a Caeiro aquí por el tópico de que utilizó un lenguaje estético directo, concreto y simple, pero aun así bastante complejo desde el punto de vista reflexivo, sino por su condición de navegante lúcido y realista.

Véase la muestra que siempre hemos hecho nuestra y más en estos tiempos de tribulación:

"El único sentido íntimo de las cosas/
es que no tienen sentido íntimo alguno".


domingo, 29 de enero de 2012

Dura lex

 para A. E.
Un equívoco común que se produce al establecer la diferencia entre hechos y opiniones es la tácita confusión entre categorías éticas y categorías jurídicas.
Casi todas las categorías éticas están contaminadas por las jurídicas, así: responsabilidad, culpa, inocencia, absolución, etc.

Los juristas saben perfectamente que el derecho no tiende en última instancia al establecimiento de la justicia, ni siquiera de la verdad.
El derecho tiende con exclusividad a la celebración del juicio, con independencia de ellas, ya que la fuerza de la cosa juzgada sería su fin último.

La naturaleza jurídica no es norma sino juicio, esto es proceso. El juicio es en sí mismo el fin.
Si todo derecho deviene sólo derecho procesal, la inocencia y la culpabilidad pierden importancia.
Lo verdadero y lo justo son sustituidos por la sentencia, que vale como verdad aún a costa de su falsedad e injusticia.
(by google)

sábado, 7 de enero de 2012

No es país para viejos... que leían novelas de amor

"La mujer podía tener veinticinco o treinta años distribuidos en un cuerpo que, pese al estado en que se hallaba, se veía esbelto y bien formado, pero nada de eso importaba ya, pues entre ella y el tiempo se abría un vacío de total indiferencia.
De espaldas sobre una reluciente bandeja de acero, no era más que un bulto esperando el sello del expedidor que lo mandara al viaje definitivo, sin retorno ni apeaderos para posibles arrepentimientos. La muerte es la única de nuestras obras que alcanza la perfección, y nos está vedada verla."
 (by gogle)
 

Así comienza uno de los doce magníficos cuentos, que podíamos prescribir uno para cada mes del año nuevo, del  libro 'La lámpara de Aladino' en Tusquets Ed. del escritor chileno Luis Sepúlveda.

Cuentos distintos, pero con guiños que presumen una urdimbre común. Comienzan con una llamita de un quinqué y acaban con la llamita de una lámpara, pasando por cafés, hoteles, catedrales, islas... y todo tipo de espectros y fantasmas. Y contiene ese relato, arriba citado, canónicamente noir y bien pergeñado que nos llevará del ángel custodio al "ángel vengador".

 

Un placer de lectura en tiempos de miseria.
(Enviado por Z.)