miércoles, 2 de abril de 2025

Luces de progreso [y II].

(…)
Si una de las grandes conquistas del capitalismo es haber convertido la tortura del tiempo en medida normal de la actividad humana, el proceso es equivalente a la transformación de las medidas del espacio.
El sistema métrico fue introducido en 1795 por la Revolución francesa. Las medidas espaciales que tomaban por referencia el cuerpo humano (pies, codos, etc.) se reemplazaron por la medida abstracta del metro. Esa unificación abstracta de las medidas del espacio correspondía a la cosmovisión mecanicista de la física newtoniana, que a su vez inspiró las teorías mecanicistas de la economía de mercado de Adam Smith.
Las medidas abstractas del espacio y del tiempo se han convertido en forma común de la máquina universal física y la económica, tanto del universo como de la producción de mercancías. Como hemos visto, gracias al tiempo continuo de la astronomía se hizo posible prolongar el día del trabajo abstracto hasta altas horas de la noche, devorando las horas de descanso. Así se logró separar el tiempo abstracto de las cosas y circunstancias concretas.
Por otro lado, la racionalidad abstracta de la economía empresarial ‘desmaterializa’ el entorno, lo desdimensiona y desproporciona, en tanto que fuerza a la materia y sus vínculos a someterse a los criterios de rentabilidad. Y añade Kurz, ejemplarizando esa cuestión en la materia construida que son las edificaciones, objeto de deseo también de Scheerbart -al que arquitecto Bruno Taut llamó el ‘único poeta de la arquitectura’-:

“Si los edificios antiguos a veces nos parecen más bellos y más acogedores que los modernos, y si luego observamos que aquellos, en comparación con los edificios ‘funcionalistas’ (sic) de hoy, parecen mostrar además ciertas irregularidades, eso se debe a que sus medidas son las del cuerpo humano y que sus formas a menudo se ajustan al paisaje circundante. La arquitectura moderna emplea, por el contrario, las medidas astronómicas del espacio y unas formas ‘descontextualizadas’, desgajadas del entorno. Lo mismo vale para el tiempo. También la arquitectura moderna del tiempo es una arquitectura desproporcionada y descontextualizada. No sólo el espacio se ha vuelto feo, sino también el tiempo”.

 
B. Taut. Pabellón de Cristal para la Exposición Werkbund. Colonia, 1914.





Luces de progreso [I]

[Oskar Kokoschka. Retrato de Paul Scheerbart. Litografía, 1910. Ed.: Publicado en Der Sturm (Berlín, Nr. 27 v. 1, Sept. 1910)]


Hace un siglo, el visionario Paul Scheerbart dejó escrito:
«¡Quién iba a pensar que yo inventaría alguna vez el móvil perpetuo! Esto librará a la humanidad de todo trabajo. Será la estrella Tierra la que trabaje para nosotros. La miseria, tan alabada por mí, tiene un final».

Y pensando en sus aplicaciones continuó, en esa especie de diario que fue su obrita ‘Das Perpetuum mobile’:
“(...) Gracias [al móvil perpetuo] todo se hace posible, en especial iluminar la noche con un alumbrado eléctrico que lo paralizará todo. Ahora este asunto de la luz apenas es concebible. Pero podremos derrochar electricidad e iluminarlo todo en multicolor, por doquier, estemos donde estemos (…)
Las torres de todas las iglesias podrán inundarse de luz de arriba abajo. También se iluminarán por entero las grandes montañas. Y después será el turno de los vehículos luminosos y los tejados y las colosales avenidas de luz, y las orillas de los canales (...) A esto se añadirá además la iluminación del agua (...) ¡Qué no dirán los habitantes de otros planetas cuando vean la cara nocturna de la Tierra iluminada de manera tan fabulosa! (...) Finalmente, dejaremos de necesitar el Sol (...)”

Pero muchas utopías del primer quindenio del siglo XX se desmaterializaron, igual que la vida de Scheerbart, con la Gran Guerra. Que también, y sobre todo, supuso importantes cambios de paradigma en el pensamiento contemporáneo y por ende en las estructuras políticas y sociales de la vieja Europa.
Scheerbart, profeta de la luz artificial -y del vidrio [vide su ‘Glasarchitektur’ de 1914]-, no tuvo, no pudo tener, la visión crítica del significado socio-económico de esa ‘luz de la Ilustración’ que en realidad supuso la sólida explotación comercial del descubrimiento de Edison.
Pero, veamos el contexto, bien pergeñado por Robert Kurz en Luces de progreso (*).
La historia de la modernización, nos dice, abunda en metáforas de la luz, como si el sol radiante de la razón tuviera que penetrar las tinieblas de la superstición y hacer visible el desorden del mundo, para organizar por fin la sociedad conforme a unos criterios racionales.
Y es innegable que, en cierto modo, tal y como soñaba Scheerbart, la modernización ha convertido efectivamente ‘la noche en día’.
Hacia finales del siglo XIX la luz eléctrica sustituyó a las lámparas de gas. Eso suponía un ensanchamiento de las posibilidades humanas. Pero justamente eso es lo que no ha interesado a la totalización capitalista de la luz. El modo de producción capitalista no puede tolerar que las horas de oscuridad sean también las horas del descanso, de la pasividad y la contemplación. Si la eliminación de la noche ha llegado a hacerse ubicua y permanente es porque el capitalismo requiere la expansión de sus actividades hasta los últimos límites físicos y biológicos, ocupando el día astronómico entero.
Los instrumentos antiguos de medición del tiempo se ajustaban a quehaceres concretos. La cantidad de tiempo no era abstracta sino que está orientada por una cualidad determinada. El tiempo del trabajo abstracto, en cambio, es independiente de toda cualidad, permitiendo que el inicio de la jornada laboral se fije con entera independencia de las estaciones del año y los ritmos del cuerpo. El lado nocturno es un estorbo para esa tendencia. La producción, la circulación y la distribución de las mercancías deben funcionar a todas las horas sin interrupción y desde que la tecnología microelectrónica de las comunicaciones ha globalizado la circulación dineraria, la jornada financiera de cada hemisferio enlaza sin solución de continuidad con la del otro.
La época del capitalismo sería también el tiempo de los ‘despertadores’, que arrancan del sueño a los seres humanos para empujarlos hacia los ‘lugares de trabajo’ iluminados por luces artificiales. El sueño de los hombres de la economía de mercado es breve y ligero, y a medida que se totaliza la competición en los mercados anónimos, el sueño y la noche se convierten en enemigos. Las luces de la Razón ilustrada han resultado ser la iluminación de los turnos de noche.

 

(*) A.A.V.V.- El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. 2ª edición, febrero 2014. Ed. Pepitas de calabaza. Logroño.

 
(…)

La expropiación del tiempo.

[© Cesar Lucas]

También nos agrega Kurz que en la Antigüedad y la Edad Media la cantidad de tiempo destinada a la producción era mucho más reducida que bajo el capitalismo. Sólo en la gloriosa modernidad los tiempos festivos han venido reduciéndose cada vez más para ensanchar el espacio-tiempo del trabajo. Con las experiencias del siglo xx se han desvanecido poco a poco la utopía socialista del trabajo. Los seres humanos capitalistas intentan refugiarse cada vez más en una utopía individualizada del tiempo libre. El mismo capitalismo ha colonizado el tiempo de ocio como mero complemento del tiempo de trabajo. 
        El tiempo libre no es tiempo liberado sino un espacio funcional secundario del capital. Un tiempo funcionalizado al servicio del consumo permanente de mercancías. La industria de la cultura y del ocio va formando nuevas esferas de trabajo. El propio tiempo libre acaba siendo asimilado al tiempo de trabajo. El hombre capitalista de hoy es trabajador no sólo cuando está ganando dinero sino también cuando lo gasta. En el capitalismo actual la expropiación del tiempo (*) de la vida se expresa, de manera paradójica, en la ‘falta de tiempo’.
La contradicción de este modo absurdo de producción y de vida se muestra ya como realidad del desempleo. El desempleo bajo el capitalismo ni siquiera es tiempo libre sino únicamente tiempo de pobreza. El trabajo de los parados consiste en el penoso deber de buscar otro trabajo.
Desde que la utopía del tiempo libre ha fracasado, la protesta sólo podría ya consistir en el rechazo del entero sistema de referencias. El inmenso desarrollo de las fuerzas productivas de la modernidad no ha servido para otra cosa que la erradicación casi total del ocio libre. Únicamente se puede ya atacar el capitalismo atacando el trabajo mismo.
Para ello conviene consultar una vez más a Marx, al que los ‘marxistas del trabajo’ siempre han pasado por alto:
”El trabajo es por esencia la actividad carente de libertad (…) cuyo resultado es la propiedad privada. La superación de la propiedad privada, sólo será realidad cuando se la conciba como superación del trabajo”. 


 
(*) Sobre el mismo tema vide ibíd. la reseña sobre Rubin y Postone :
Jappe A.- ‘Junto a Marx, contra el trabajo’. en A.A.V.V. Pensar desde la izquierda. Errata Naturae Ed.  Madrid, 2012.