viernes, 14 de febrero de 2014

Barroco [I].

El Barroco.

Se ha solido caracterizar al siglo XVII como una época nefasta dentro de la historia de la humanidad, sin embargo en algunos espacios geopolíticos, otros períodos tuvieron peor índice de conflictividad. Sí es cierto que el mundo atravesó una crisis global o general en ese siglo donde hubo terribles hambrunas, peste e incluso, por la influencia del cambio climático, hizo más frío que nunca (“la pequeña edad de hielo”) y también se sucedieron muchísimas guerras. En la península, por ejemplo, las guerras de secesión de Portugal y Cataluña. Pero el siglo XVII, en Europa, es fundamentalmente el tiempo del Barroco y el comienzo de la revolución científica.

El Barroco es, pues, una categoría epocal [según algunos, entre 1600 y 1680] que sirve de rótulo histórico para un conjunto heterogéneo de manifestaciones en todos los ámbitos de la vida.

Existen dos maneras básicas, no incompatibles entre sí, de concebir lo barroco, según Echevarría: la primera, como una configuración tardía del despliegue orgánico, natural, de las formas culturales que haría de barroco equivalente a decadencia y crisis. La segunda plantea lo barroco como fenómeno cultural específicamente moderno, como totalidad cultural.

El ethos barroco produce un mundo dentro del mundo. El Barroco reconoce la crisis y trata de resolverla en las condiciones de un clasicismo, escribe Echevarría, que no ha desaparecido todavía y cuyas formas son sometidas a procesos en los que la revitalización de lo viejo coincide con la emergencia de lo nuevo.

El barroco no revoluciona el clasicismo, sino que pone a prueba sus formas, sobre todo en pintura. Así, plantea una visión pictórica frente a una visión plástica, de color frente a línea, una composición con profundidad, con formas abiertas, frente a una composición en superficie, con formas cerradas, una claridad relativa subordinada al motivo frente a una claridad más absoluta ligada a la unidad compositiva. Hay una ruptura del equilibrio forma-fondo y además la búsqueda del movimiento real.

Lo barroco, en definitiva, no consiste en una estructura. Adolecerá, como las épocas futuras, de la crisis del orden teleológico de la creación. Hay un intento de sugerir el infinito y una vuelta al teocentrismo.

Aparece el gusto por la teatralidad, por lo escenográfico y fastuoso. Su estilo es el de una dramaticidad cristiano-católica, dominante en algunas disciplinas artísticas. La perfección y el sentido aparecen como ruina y ambigüedad. Las ruinas de la ciudad fueron decisivas para sus habitantes más miserables. Sin embargo el motivo de la ruina es común también en formas menores protestantes del Barroco.

Se revela la importancia de la luz y de sus efectos. La variable de la oscuridad y de la melancolía, ha sido considerada por Deleuze, característica del Barroco en el que todas las acciones son internas. Deleuze halla en lo barroco una lectura de lo visible y un teatro de lo legible cuya iluminación proviene de ese interior autónomo. Es un enfoque en relación con la autonomía del interior de la obra barroca y su carencia de exterior.

Predomina también la tendencia a mezclar las disciplinas artísticas y se fomenta la citabilidad, asunto tan barroco como el mosaico o el collage, con los que comparte la pérdida del punto de referencia, la parodia y la deformación. La interrupción y la cesura –razón de ser de la cita textual que arranca el texto de su contexto- van a ser también fundamentales para la experiencia barroca.

Emerge una concepción negativa, el desengaño, el pesimismo. Un lenguaje artificial. Lo barroco se asocia incluso con el mal gusto, con una cierta existencia urbana, anticlásica, alejada del campo y de las representaciones temporales y espaciales de la naturaleza. Se plantea una modificación de la función estética de la naturaleza, la experiencia de la naturaleza se interioriza. Y hay una quiebra de la continuidad entre el hombre y la naturaleza. Rota la unidad del símbolo, y con él la relación armónica con la naturaleza, la alegoría emerge como tropo característico del Barroco. Aunque la alegoría del siglo XVII estaría destinada también a la producción de un nuevo sujeto destinado a cercar, mediante una pedagogía de la imagen, el dominio del imperialismo colonial.

Ha sido Wölfflin uno de los que con mayor precisión ha caracterizado la cultura barroca. Según él, la revolución barroca carece de teoría. La tensión de la obra de arte barroca se debe por tanto a la fluidez de su concepción espacio-temporal: la ley de su forma es la historicidad de todos los fenómenos, la lógica de la vida natural y los procesos de auge y declive. La historia ocupa un lugar en el escenario barroco y los productos de la razón natural pasan a ser consideradas como cosas (reificación).
Wölfflin señaló cinco características del Barroco con respecto al Renacimiento:
1) lo dinámico (el color) rebasa lo estático (el dibujo).
2) lo profundo de la representación invade la superficie.
3) lo no representado se hace presente como inquietud de lo representado.
4) el todo de la representación refuncionaliza las partes.
y 5) lo indistinto desdibuja lo diferenciado.

[Lo que sería aplicable a la perfección, por ejemplo, a ‘Las Meninas’ de Velázquez].

[by wikipedia]
Bibliografía:
De la Flor, F,- Imago. La cultura visual y figurativa del barroco. Ed. Abada. Madrid, 2009.
Deleuze, G.- El pliegue. Leibniz y el Barroco. Ed. Paidós. Barcelona, 1989.
Echevarría, B.- La modernidad de lo barroco. Ed. Era. México, 2005.
Maravall,  J.A.- La cultura del Barroco. Análisis de una estructura histórica. Ed. Ariel. Barcelona, 2000.
Sarduy, S.- El barroco y el neobarroco. Ed. El Cuenco de Plata. Buenos Aires, 2011.
Wölfflin, H.- Renacimiento y Barroco. Ed. Paidós. Barcelona, 2009.

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