miércoles, 5 de marzo de 2014

Barroco [IV]

Benjamin y el Barroco (y 2).

Pero ¿qué era el Barroco para el pensador judeo-alemán? 

Benjamin [*] lo concibe como un ethos, como conjunto de prácticas que tienen lugar en la dimensión productiva (económica) y en la supra-productiva (ideológica) del hombre del siglo XVII, post-tridentino y pre-capitalista, burgués incipiente y cristiano en crisis.
El Barroco es una categoría que en Benjamin opera como principio activo de una experiencia muy concreta del mundo. Por ello no adopta la estrategia según la cual la estructura de conexiones internas que permiten hablar de lo ‘barroco’ fuese una construcción mental. Más que una construcción del historiador o un periodo histórico, fue para Benjamin, una ruptura o corte epistemológico.
Benjamin respecto al Barroco no establece una periodización de los géneros artísticos, aborda la relación entre arte y sociedad, entre las formas artísticas y el mundo de la vida: el carácter problemático de la alegoría es coherente con el carácter problemático del mundo. La alegoría no es un producto, consciente o inconsciente, de un esfuerzo estético, sino una reacción necesaria ante la realidad tal como es inmediatamente vivida por el hombre.
Benjamin se enfrentó a la recepción crítica de su época que siempre pensó lo barroco desde el punto de vista de lo trágico.
También se mostró crítico con las teorías de lo barroco que perciben en él una degeneración de movimientos anteriores. El Barroco no implicaría la cancelación de la norma renacentista. La ruptura de la que se hace cargo el Barroco no es producto del pensamiento estético del periodo, sino la reacción ante un todo inmanente incapaz de ofrecer vías razonables de acceso a la trascendencia. El Barroco prolongaría los principios renacentistas, por ejemplo el criterio de belleza como una medida proporcionada por la razón natural, que condujo hacia una concepción histórica de la naturaleza.
Adjudica Benjamin el entusiasmo barroco por el paisaje, cuando la última palabra en la huida barroca del mundo, no la tiene la antítesis de historia y naturaleza, sino la total secularización de lo histórico en lo que es el estado de la creación. Así, en los dramas barrocos la historia se transformaría en historia natural, por eso en el análisis de la tragedia no se atendió a la distinción entre historia y leyenda.
En relación con ello ha expresado Krakauer que el proceso de la historia se dirimiría frente a los poderes de la naturaleza, que en los mitos dominarían la tierra y el cielo, por obra de la débil y remota razón. Y que tras el ocaso de los dioses, ellos no habrían abdicado –sigue diciendo-; la vieja naturaleza, en el hombre y fuera del hombre, seguiría afirmándose. Desde ella se habrían alzado las grandes culturas de los pueblos, que tendrían que morir como cualquier criatura natural; sobre ese fundamento se han levantado las superestructuras del pensamiento mitológico que confirmarían a la naturaleza en su omnipotencia.
El Barroco opera un olvido del sujeto: los objetos pierden su función específica y el sujeto pierde con ellos la posibilidad de un horizonte de sentido. La pérdida de sentido de la experiencia barroca es un hecho inabarcable. El mundo se presenta lleno de restos simbólicos de generaciones pasadas, atravesado por normas vigentes que, sin embargo, los sujetos no pueden tomar como orientaciones válidas. No hay espacio para un mundo de ruinas.
La historia se plasma, escribió Benjamin como las marcas sobre un rostro o mejor, en una calavera. Y en esta figura se expresa significativamente como enigma, no sólo la naturaleza de la existencia humana como tal, sino la historicidad biográfica propia del individuo. Éste es sin duda el núcleo de la visión alegórica, de la exposición barroca y mundana de la historia en cuanto que es historia del sufrimiento del mundo.


 [*] vide Maura, E.- Las teorías críticas de Walter Benjamin. Ed. Bellaterra. Barcelona, 2013

© Víctor Manuel Gracia. La Otra María. Serie: Dies Irae.

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Epílogo:


“Contemplada desde el lado de la muerte, la vida consiste en la producción de cadáveres” -dice Benjamin-. La muerte no es la que da sentido, retrospectivamente, a la vida, aquella que justifica su existir y devenir. Desde el punto de vista de la muerte, la vida sólo consiste en la producción de muerte a la espera, no de un sentido para ingresar en la inmortalidad, sino de una significación relacionada con la eternidad. Y es que inmortalidad y eternidad no son, ni significan, lo mismo.


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