miércoles, 26 de febrero de 2014

Barroco [III].

Benjamin y el Barroco (1).
 
Sostiene Krakauer que el lugar que una época ocupa en el proceso histórico se determina con más fuerza a partir del análisis de sus discretas manifestaciones superficiales, que a partir de los juicios de la época sobre sí misma. En cuanto que expresión de tendencias históricas, los juicios no serían un testimonio convincente de la constitución global del período. Y las manifestaciones epocales, a causa de su inconsciencia, preservarían el acceso inmediato al contenido básico de lo existente y su importancia estaría vinculada a su conocimiento.

Kracauer, S.- “Sobre los escritos de Walter Benjamin”, en Construcciones y perspectivas. El ornamento de la masa 2. Ed. Gedisa. Barcelona, 2009.

En opinión de Walter Benjamin, fue Baudelaire quien, como tema poético, expresó su experiencia de la ciudad moderna alegóricamente, un modo literario que no había estado de moda desde el Barroco.
Ante cierto tipo de críticas filosóficas, la respuesta de Benjamin había sido inventar la noción de imagen dialéctica, en busca de la cual acudió a los emblemas barrocos y a la alegoría; se trataba de que la interacción de las ideas fuese reemplazada por la interacción de los objetos emblemáticos. La alegoría, sugirió, podía asumir el papel del pensamiento abstracto.
La importancia del Barroco en la primera modernidad se refleja en la teoría de la alegoría de Benjamin. La alegoría sería la idea hecha sensible, encarnada, dice Benjamin. La alegoría del siglo XVII no existiría como convención de la expresión, sino como expresión de la convención. Y la alegoría moderna no constituiría un mero tropo que designa una narrativa alterna o simplemente encriptada en signos, no sería una técnica lúdica de producción de imágenes, sino que sería expresión, tal como lo sería sin duda el lenguaje, y también la escritura.
Benjamin trata de demostrar que la alegoría no es una técnica de producción de imágenes, sino  una forma de expresión de la modernidad. El núcleo de la visión alegórica del mundo es barroco y mundano: en tanto que barroco, señala la historia del mundo como sufrimiento, en tanto que mundano, piensa el sufrimiento como  historia del mundo. La teoría de la alegoría es una teoría del luto y del tránsito.
La alegoría, sostiene Benjamin, es exactamente el método adecuado para la era de las mercancías. Usando a Marx, plantea que es la elevación del valor del mercado hasta convertirse en la única medida de valor, lo que reduce la mercancía a nada más que un signo, el signo de por lo que se va a vender. Bajo el reinado del mercado, las cosas se relacionan con su valor real tan arbitrariamente como, por ejemplo, en los emblemas del Barroco.  De esa forma, los emblemas vuelven a la escena histórica en forma de mercancías, que bajo el capitalismo no son ya lo que parecen, sino imágenes sobreabundantes en sutilezas metafísicas e, incluso, detalles teológicos.
Benjamin opone así el encantamiento colectivo por imposición del mercantilismo frente al desencanto por la pérdida de creencias que es lo que, según Max Weber, marcaba el mundo moderno. La posición de Benjamin era que el sujeto, toda vez que se muestra históricamente incapacitado para el gobierno del mundo circundante, lleva consigo la forma de su propia cosificación. [Y Adorno añadía que toda reificación es un olvido]. Sólo cuando se les hiciera comprender lo que les ha sucedido, espera Benjamin, las personas se despertarán del narcótico encantamiento del capitalismo.

Es destacable que el estudio filosófico de la estética del barroquismo, obra de 1927 de Benjamin, fuera escrita bajo el influjo de las categorías ‘schmittianas’ de la soberanía o el estado de excepción. Ello fue motivo de una carta, en la década de 1930, de Benjamin a Carl Schmitt agradeciendo sus aportes y enviándole un ejemplar de su estudio. El historiador italiano Enzo Traverso comentó dicha carta —ocultada por Adorno y Scholem en la publicación de la correspondencia del amigo— y la muestra como un documento de inagotable valor sobre la cultura política y estética del periodo de Weimar. En opinión de Traverso, la carta muestra una de las liaisons dangereuses, aunque no por ello menos productivas, del radicalismo político de entreguerras. Ese documento fue exhibido por el propio Schmitt en su estudio sobre Hamlet, obra sembrada de referencias al estudio de Benjamin sobre el Barroco alemán. Entre ambos estudios existe un paralelismo sorprendente. Aun así, Traverso se muestra cuidadoso en su lectura y sostiene, como es evidente, que existen evidentes diferencias entre el radicalismo de Benjamin con la postura autoritaria de Schmitt.

Traverso, E.- "'Relaciones peligrosas'. Walter Benjamin y Carl Schmitt en el crepúsculo de Weimar", Acta Poética, vol. 28, núms. 1-2, primavera-otoño 2007, pp. 93-109.


 Valdés Leal

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