jueves, 20 de marzo de 2014

Barroco [VII]

Neobarroco e hipermodernidad (1).

Si lo más perceptible en el Barroco histórico era la densidad acumulativa de apariencia caótica acomplejada en pliegues y repliegues junto al trabajo acelerado de las formas en contacto, cuando no en sobreposición, no es extraño, señala en un recentísimo artículo Gª Berrio [*], que se le invoque para explicar el arte y la cultura del universo actual.
La generalización del término neobarroco por parte de críticos y tratadistas es un proceso de caracterización nominal ahora ya normalizado. La situación concreta del barroco contemporáneo lo descubrimos, entre otros, en “Por todas partes el barroco vuelve” de José Luis Brea [en su libro Nuevas estrategias alegóricas. Ed. Tecnos. Madrid, 1991]. Por su parte, el término de hipermodernidad es de extendida utilización por la sociología cultural desde Gilles Lipovetsky. Además, la conceptualización de la continuidad ininterrumpida de lo moderno hasta el actual tiempo hipermoderno que asume Lipovetsky, viene a coincidir con la inveterada persuasión sobre la supervivencia de la Modernidad, originada en la revolución romántica y sucesiva al clasicismo renacentista, que englobaba como momento epocal intenso a la cultura del Barroco.
En todo caso, según Brea, la reimplantación neobarroca del arte se resistiría al forzamiento de analogías estrictas con el entendimiento clásico del Barroco histórico. Su proximidad, la de Brea, con las demasías aporético-deconstructivas de los postmodernos resulta, no obstante, más incontaminada que la de Calabrese en su libro La edad neobarroca.
Calabrese encontraría una serie de rasgos constantes que caracterizarían al neobarroco posmoderno: límite y exceso, desorden y caos, ritmo y repetición, inestabilidad y metamorfosis, detalle y fragmento, nodo y laberinto, complejidad y disolución, distorsión y perversión, etc.
Añádase, la convergencia actual del neobarroco hipermoderno en pintura con la restitución a la normalidad tradicional del ‘nuevo realismo metafísico’ de Ferraris, precedido por un restablecimiento del ‘realismo científico’ de los filósofos de la ciencia. Se trataría, entonces, de identificar los perfiles bien diferenciados del neobarroco, tanto en su conjunto como volumen de generalización epocal hipermoderna, cuanto en sus articulaciones idiosincrásicas individuales.
*
El Barroco no sólo fue el estilo de una época de la cultura y de las artes sino un periodo donde se registró, en todo caso, la afloración hipertrofiada de una de las constantes universales antitéticas que concurren en el despliegue diacrónico de la sincronía del espíritu -la otra constante sería la depuración lineal desde el clasicismo ático-. Las características más visibles de lo barroco se han visto reaparecer en otros momentos de la sucesión histórica. Una de esas afloraciones epocales fue la de la llamada ’revolución’ romántica a partir de mediados del siglo XVIII. De entonces acá el despliegue de la sensibilidad alternativo a los constructos del racionalismo estricto, ha tenido una presencia recrecida en otras épocas de la historia moderna del arte bajo distintas modulaciones.
No han sido escasas las ocasiones históricas en que reacciones de signo tortuoso a la linealidad purista de los estilos han estado identificadas como revueltas barroquistas, denominadas como neo-barrocas.
En cuantas ocasiones se ha recurrido a lo barroco para identificar afloraciones neobarrocas, se ha convocado a revisión casi únicamente a la kenofobia [horror vacui o miedo al vacío] acumulativa, acompañada como mucho por la de desmesura y violencia que le asignaban al Barroco histórico los acercamientos historiográficos menos afinados y superficiales. No faltan tradiciones en la historiografía que señalaron la contradicción de que hubiera sido la severa cultura aristotélica realista de los padres conciliares de Trento la que constituyó la doctrina central del Barroco como ideología de la Contrarreforma. En su matiz de explotación exhaustiva del aristotelismo retórico como fundamentación barroca del estilo, el Barroco histórico respondía a una disciplinada revisión racionalista del mundo, que más bien debería figurar como la antítesis de los movimientos postrománticos modernos.
Estudios historiográficos documentaron una visión del Barroco como última etapa de la Edad Renacentista, donde la exploración conceptista del mundo se ceñía a la esfera de los poderes racionales de la agudeza ingeniosa, sin concesión alguna al ’desbordamiento sentimental’ e imaginativo de la nueva ’genialidad’ romántica.

El Greco.
(...)

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