jueves, 8 de mayo de 2014

La crítica del valor [y II].

2)
Estamos presenciando el fin de una larga época histórica en que la actividad productiva y los productos no sirven para satisfacer necesidades, sino para alimentar el ciclo incesante del trabajo que valoriza el capital y del capital que emplea el trabajo. Categorías que no forman parte de la existencia humana.
Confirmada la naturaleza nihilista de la sociedad capitalista (y tratando de la cuestión del nihilismo, la noción de lo ‘negativo’ y de su papel en la crítica social puede llegar al rechazo de todo lo existente), la indiferencia hacia cualquier contenido, subordinado a la mera cantidad de valor, no sólo explica por qué este sistema tiene que devastar necesariamente a la naturaleza y al hombre.


El fetichismo de la mercancía [W. Benjamin] es una forma a priori, un código simbólico inconsciente, previo a toda forma posible de acción y de pensamiento. El capitalismo crea unos sujetos que ven en el mundo entero unos simples medios para realizar sus propios intereses. Esta relación puramente instrumental con el mundo ya no se puede reducir a ninguna estructura de clase social.
Lo desconcertante del actual declive mundial del capitalismo es el hecho de que la actitud destructiva hacia los seres humanos y hacia la naturaleza no parece obedecer ya ni tan siquiera a criterios de rentabilidad.
Se ha dicho [Z. Bauman] que la economía actual nos lleva a una transformación progresiva de la humanidad en residuos humanos. La humanidad misma se torna superflua cuando ya no es necesaria para la reproducción del fetiche-capital. Hay cada vez más personas que ya no sirven para nada, ni siquiera para ser explotadas.
La “crítica del valor” de Robert Kurz y otros pensadores que estuvieron aglutinados alrededor de la revista Krisis, afirmaba que el capitalismo no constituye un estadio insuperable de la humanidad.
Hay, sin embargo, buenos motivos para insistir en la necesaria autonomía de la teoría. Si no estuviera permitido pensar más que aquello que se pueda traducir a acción ‘práctica’, sería imposible formular un pensamiento radical.
Como nos indica Anselm Jappe:
La lucha de clases no ha sido otra cosa que el motor del desarrollo capitalista y jamás podrá conducir a su superación.
La democracia no es el antagonista del capitalismo sino su forma política, y ambos han agotado su papel histórico”. (*)


(*) Jappe, A. et al.- El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. 2ª edición, febrero 2014. Ed. Pepitas de calabaza. Logroño.

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