lunes, 9 de junio de 2014

Mercancía, tienes nombre de mujer [I].


 
(by google)

Continuando con Jappe, podemos decir que por lo general, la existencia de mercancías suele considerarse un hecho enteramente natural en cualquier sociedad desarrollada y la sola cuestión que se plantea, es qué hacer con ellas. Se puede desaprobar ciertamente el ‘consumismo’ o la ‘comercialización’, pero con eso no se dice nada contra la mercancía en cuanto tal. Por lo demás, raras veces se pone en tela de juicio la mercancía. La mercancía ha existido siempre y siempre existirá, por mucho que cambie su distribución.
Si se entiende por mercancía simplemente un ‘producto’, un objeto que pasa de una persona a otra, entonces la afirmación de la inevitabilidad de la mercancía es sin duda verdadera, pero también tautológica. Hemos de reconocer en la mercancía una forma específica de producto humano que ha llegado a ser predominante en la sociedad. Si la mercancía posee una estructura particular, eso es consecuencia del hecho de que la sociedad misma lo ha reducido todo a mercancía.
La mercancía es un producto destinado desde el principio a la venta y al mercado. En una economía de mercancías no cuenta la utilidad del producto, sino únicamente su capacidad de venderse y de transformarse, por mediación del dinero, en otra mercancía. Por consiguiente, solo se accede a un valor de uso por medio de la transformación del propio producto en valor de cambio, en dinero. Una mercancía en cuanto mercancía no se halla definida por el trabajo concreto que la ha producido, sino que es una mera cantidad de trabajo abstracto, es decir, la cantidad de tiempo de trabajo que se ha gastado en producirla. De eso deriva un grave inconveniente: no son los hombres mismos quienes regulan la producción en función de sus necesidades, sino que hay una instancia anónima, el mercado, que regula la producción post festum (*).
El sujeto no es el hombre sino la mercancía en cuanto sujeto automático. La mercancía separa la producción del consumo y subordina la utilidad o nocividad concretas de cada cosa a la cuestión de cuánto trabajo abstracto, representado por el dinero, esta sea capaz de realizar en el mercado. A partir de ahí, solo cuenta lo cuantitativo, es decir, el aumento del trabajo abstracto, mientras que la satisfacción de las necesidades se convierte en un efecto secundario. Tal vez la mercancía y su forma general, el dinero, hayan tenido alguna función positiva facilitando la ampliación de las necesidades. Pero cuanto la mercancía se apodere más del control de la sociedad, tanto más va minando los cimientos de la sociedad misma, volviéndola del todo incontrolable y convirtiéndola en una máquina que funciona sola. No se trata, por tanto, de apreciar la mercancía o de condenarla: es la mercancía misma la que destruye inexorablemente la sociedad de la mercancía.
El valor de uso se transforma en mero portador del valor de cambio. Aun así, siempre debe haber un valor de uso. Este hecho constituye un límite contra el que choca constantemente la tendencia del valor de cambio, del dinero, a incrementarse de manera ilimitada y tautológica. La reducción de los trabajos concretos a trabajo abstracto no es una mera astucia técnica ni una simple operación mental. En la sociedad de la mercancía, el trabajo privado y concreto sólo se hace social, o sea útil para los demás y, por ello, para su productor, a cambio de despojarse de sus cualidades propias y de hacerse abstracto.
La mejor definición del trabajo abstracto fue dada por alguien tan poco sospechoso como Keynes: «Desde el punto de vista de la economía nacional, cavar agujeros y luego llenarlos es una actividad enteramente sensata».

(*) ”Post festum, pestum et post coitum, tedium” [dicho latino].
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